Desde mediados de los años 70 Javier Campano viene realizando una obra en conjunto, que compone una sola y abierta serie, ya que sus trabajos, desde sus inicios, responden a unos planteamientos y a una estética inalterable, en los que ni siquiera la inclusión del color ha variado sustancialmente la percepción que de él tenemos. Lugares de todo el mundo, calles, hoteles, habitaciones y ventanas, escaparates, todo lo que ha atraído una mirada curiosa por lo intranscendente, por casi todo aquello que la gran mayoría no se detiene a mirar e incluso desperdicia.
Una sombra proyectada en la pared, un avión simbólicamente atrapado en unos cables de alta tensión, juegos de una mirada tranquila que no busca narrar, que no ofrece símbolos ni metáforas, que no se plantea alteraciones ni transformaciones de la realidad, ni mucho menos la juzga o la valora. Para Campano parece que nada cambia, de hecho la mayor influencia que podemos apreciar en sus imágenes es la de la street photography norteamericana. Elementos que se repiten en sus fotografías son, además del paisaje urbano a ras de suelo o en sus azoteas y skylines, las lámparas, las cortinas, los coches, letreros, puertas, objetos que conforman un paisaje elegido por un artista errante, viajero permanente incluso en su propia ciudad, que hace de la habitación de un hotel un lugar privilegiado para su trabajo.
Todas sus fotografías nos hablan de una vivencia personal, pero no busquemos ni una gota de trascendentalismo, porque Campano tiene mucho de protagonista de novela de serie B, en una narración personal en la que el vaso, medio vacío, y el humo del cigarrillo, inextinguible, elevándose, mantienen el nivel de la situación.
Sus imágenes han sido realizadas en viajes, dijéramos que en un movimiento continuo, pero sin embargo, ninguna de ellas marca un lugar destacado, un monumento, un monumento significativo, sino que muestran una melancolía sin denominación de origen, ese tono de soledad que acompaña siempre al auténtico viajero, solitario y silencioso observador de un entorno que viene a ser similar en cualquier lugar, a través de cualquier ventana de cualquier hotel del mundo. Un misterio vital, un silencio y una eterna melancolía dominan unas composiciones con un estudio geométrico de los elementos y con una estructura nada casual, usando los ejes de los edificios, los puntos de fuga de las calles, como líneas de un pentagrama sobre el que se escribe unas notas musicales sueltas.
* Textos extraídos del libro “100 Fotógrafos españoles” de Exit
Fusilo algunos párrafos del artículo “Sentidos de lo cotidiano” que aparecen en el libro / catálogo de lo que fue PHE09. El artículo completo está escrito por Sérgio Mah.
El mundo humano no está definido simplemente por lo histórico, por la cultura, por la totalidad o la sociedad en su conjunto, ni por superestructuras ideológicas y políticas. Está definido por un nivel intermedio y mediador: la vida cotidiana (Henri Lefebure / Crítica de la vida cotidiana).
Lo cotidiano es reconocible y verdadero y representa un mundo accesible y común, a veces monótono y trivial, alejado de las narraciones extraordinarias, heróicas y espectaculares.
A lo largo de su historia, la fotografía ha sido medio privilegiado de representación y percepción de lo cotidiano, hasta el punto de que éste se ha sedimentado como uno de los temas centrales en el panorama de los géneros y los linajes históricos de la fotografía, desde su invención en la primera mitad del siglo XIX.
Llevar la atención hacia el ámbito cotidiano nos permite comprender, imaginar y pensar, en un nivel básico, las consecuencias y los efectos que tienen las estructuras sociales y la acción de los sistemas de poder en la vida de las personas.
“…Ice Haven es un pequeño y apacible pueblo del medio-oeste norteamericano, de aquellos que parecen atrapados en la década de los 50, los años de los tonos pastel y la tranquilidad de la quietud. Es uno de esos pueblos herméticos, donde la vida se hace en y para la comunidad. Anchas, largas y solitarias avenidas conforman la cuadrícula urbana, extendiendo a sus lados hileras de casas unifamiliares que encierran en su interior todo un universo particular completamente aislado de la vida social de la ciudad. Las calles de la suburbe comunican las casas entre sí, pero desde ellas no somos capaces de vislumbrar lo que ocurre en su interior. Para ello hay que ir abriendo cada una de las puertas…”(tirafrutas)